Beata Irene: las locuras del amor
Hay un
momento en la vida de la Beata Irene que expresa su amor para con los demás, de
manera especial su pasión para que todos se salven. Sabemos que en sus tiempos
se creía que sólo a atrvés del Bautismo una persona se podía salvar. Es
importante saberlo para entender el relato que vamos a leer ahora. Hoy en día
la fe de la Iglesia intuye que la salvación es obra de Dios, un misterio que no
podemos reducir en nuestras categoría, porque Dios puede salvar cualquiera
según sus proyectos de bien. Leamos, pues, el cuento de Hna Irene y Athiambo,
compartido por la Hna Cristina, compañera de misión de Nyaatha:
“En la
rica documentación sobre la hermana. Irene, se nos habla de un cierto Athiambo,
un paciente que ella debía haber bautizado una mañana, después de haberlo
preparado adecuadamente. Cuando llegó a la sala, vio a otro paciente en el
lugar de Athiambo y le dijeron que este había muerto repentinamente
durante la noche. Ella no lo podía creer; el corazón o quizás el misterioso
instinto de los santos le decía que probablemente aún estaba vivo. Lo habló con
la hermana Cristina, quien le permitió ir a la playa, donde estaban los
cadáveres apilados, para realizar un control. En todo caso, si lo hubiese
podido identificar, lo bautizaría "bajo condición".
La hermana Irene corrió hacia la
playa, donde yacían decenas de cuerpos desnudos arrojados de cualquier manera a
la espera de que la marea alta se los tragara. A uno por uno los miró
detenidamente, venciendo instintivamente su repugnancia y rezando por
todos. Reconoció a algunos, a quienes ella había dado el agua purificadora.
Eran muchos: al llegar a los cincuenta, pensó que quizá no mereciese la
pena continuar. Pero quedaban todavía otros cuatro, valía la pena seguir hasta
el final. De hecho, Athiambo fue el último. Con sorpresa, la hermana Irene notó
que no tenía la rigidez de los otros, era flexible, es más respiraba aún, no
obstante que hubiese permanecido muchas horas, bajo el peso de la enorme pila
de seres humanos. Lo levantó con dificultad, arrastrándolo lejos del lugar
donde la marea podría llegar, y le practicó la respiración artificial unos
veinte minutos, rezando intensamente. Finalmente, el pobre hombre abrió los
ojos y emitió un gemido. La
Sierva de Dios corrió inmediatamente al hospital regresando con
una camilla y dos portadores. Athiambo sobrevivió unas horas, justo el
tiempo necesario para recibir el bautismo que él había tanto deseado. Este
episodio, causó sensación en el hospital. Algunas personas comenzaron a decir
que la hermanita blanca resucitaba a los muertos. Por su parte, ese mismo día,
el capitán prohibió que se llevasen los cuerpos antes de que un médico hubiese
certificado clínicamente su muerte.
(del Libro: “El Evangelio de la sonrisa” de
Angelo Montanari)
Beata Irene: las locuras del amor
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